Sí, ese fue un día que me queda lejos, pero aún tengo las sensaciones en mi piel. Mi amigo Rafael, que era maestro de obra, cabrero, matarife y vaquero, amaba a su mujer María como nadie. La palabra se nos perdía en el único bar de Capileira hasta altas horas. A las cuatro de la "madrugá" nos íbamos a abrir las acequias de las aguas primordiales que bajaban del Mulacén; los días no se acababan nunca... ¡Uf! Un pensamiento: que llegue donde estés, amigo Rafael. Me dijeron que murió viejo y loco...
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