Sí, ese fue un día que me queda lejos, pero aún tengo las sensaciones en mi piel. Mi amigo Rafael, que era maestro de obra, cabrero, matarife y vaquero, amaba a su mujer María como nadie. La palabra se nos perdía en el único bar de Capileira hasta altas horas. A las cuatro de la "madrugá" nos íbamos a abrir las acequias de las aguas primordiales que bajaban del Mulacén; los días no se acababan nunca... ¡Uf! Un pensamiento: que llegue donde estés, amigo Rafael. Me dijeron que murió viejo y loco...
A veces, cuando veo fotos tuyas, me transporto a otra época. En este caso, claro, D. Claudio acaba manifestándose, ya no de espaldas con sus nenúfares. Por otra parte, se me courre, amigo, que no estaría mal pensar que muestras caminos para que luego podamos colorearlos.
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